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24 de Febrero 2011

La cara oculta de la guerra

rees-verdugos-victimas.jpg ¿Cómo puede explicarse que los guardianes nazis de los guetos y los campos de exterminio disparasen a bocajarro a niños indefensos? ¿Por qué razón simples soldados del ejército japonés se cebaron con la población civil de un país derrotado y humillado como China? ¿Qué pasaba por la cabeza de los pilotos de bombardero británicos cuando arrojaban su carga mortal sobre los desesperados habitantes de Dresde devastado y en llamas?

La segunda guerra mundial fue algo más que grandes operaciones militares planificadas al milímetro, algo más que sonoros discursos de Churchill, que encendidas arengas de Hitler, que conferencias aliadas con el padrecito Stalin como maestro de ceremonias. En un conflicto a una escala tan monstruosa, tan extendido, tan absoluto y tan letal en el que perdieron la vida no menos de 60 millones de personas los ejércitos no fueron los únicos protagonistas de la contienda. Se calcula que casi 40 millones de civiles murieron durante la guerra, la mayor parte de ellos en el frente del este y en la guerra que Japón libró a sangre y fuego en China.

Explicar el porque de un fenómeno tan anormal, único en la Historia, ha sido la principal ocupación de Laurence Rees, un director de documentales obsesionado –en el mejor sentido de la palabra– con la segunda guerra mundial. La visión de Rees consiste en que, para entender ciertas atrocidades cometidas durante la guerra, la respuesta no hay que buscarla en los libros de historia, sino entre los supervivientes. Durante años ha entrevistado para sus producciones televisivas a un sinnúmero de personas que vivieron el conflicto en primera persona. Lo ha hecho, además, sin presupuestos de partida, sin aspiraciones de erigirse en juez y parte; centrado en la búsqueda de los hechos históricos construyéndolos sobre pequeñas historias, por lo general espeluznantes, contadas por los que las protagonizaron.

A la vista de los cinco libros que ha publicado sobre el tema el método le ha proporcionado excelentes resultados. De sus investigaciones sobre Auschwitz, que quedaron plasmadas en un soberbio documental para la BBC, sobre la campaña alemana en Rusia y sobre el terror japonés en extremo oriente ha salido el último de sus trabajos: Los verdugos y las víctimas. Un destilado de historias personales realmente sobrecogedor. El autor ha trazado un mapa de siete escenarios bélicos: los genocidios, la resistencia, el exterminio del “subhumano”, los prisioneros, los soldados de la fe, los servidores del Régimen y los suicidios colectivos.

En cada uno de ellos la Guerra por excelencia va tomando una forma muy distinta a la de los manuales de Historia convencionales. Desde Oskar Gröning, pacífico contable alemán en Auschwitz, que contemplaba impasible como sus colegas de las SS desnucaban a culatazos a los niños judíos que llegaban en tren a Birkenau, hasta Masayo Enomoto, soldado japonés que violó, asesinó y se comió a una joven china porque tenía hambre y por la convicción íntima de que él era un ser superior, todas las historias constituyen un pequeño tesoro de la memoria viva.

Un billete de ida al horror y de vuelta a la esperanza porque la maldad va siempre escoltada de un cortejo de coraje, valentía y heroísmo. Ahí es donde convergen historias como la de Alois Pfaller, un joven bávaro que le plantó cara al nazismo en la misma boca del lobo, o la de Toivi Blatt, un judío polaco que consiguió escapar del matadero de Sobibor. La historia de Toivi es quizá la que mejor condense esa dualidad verdugo-víctima que anida en el alma de cada ser humano. Ante la pregunta de cuáles eran las enseñanzas que había sacado de su desgarradora experiencia el prófugo, ya convertido en un venerable anciano, responde:

“Yo sólo se una cosa: que nadie conoce a su prójimo. Encuentras a una persona muy simpática en la calle, le preguntas por una dirección concreta y te acompaña media manzana para indicártelo. Esa misma persona, en una situación diferente, podría ser un sádico de la peor especie. Nadie conoce a nadie. Cualquiera puede ser bueno o malo según la situación. A veces, cuando estoy con alguien que se comporta con mucha amabilidad, me pregunto: ¿cómo habría sido este sujeto en Sobibor?”

En un mundo tan siniestro como el de la guerra mundial, donde los principios morales más elementales se habían difuminado hasta disolverse en la nada, la cuestión de la culpabilidad se torna espinosa. ¿Quién asesinó a más gente, un funcionario de las SS que movía papeles en Berlín o el piloto del Enola Gay? ¿Por qué las unidades de la Wehrmacht liquidaban como ratas a los soviéticos que se rendían? ¿Era culpa suya o del Estado que les ordenaba hacerlo porque, a fin de cuentas, aquellos eslavos eran infrahombres cuyo único destino era criar malvas?

El hecho es que Rees, buscando respuestas, lo que se ha encontrado es con muchas más preguntas. Preguntas que salen despedidas de las páginas y quedan flotando en la conciencia del lector. La gloria de Normandía, de Gualdalcanal o de El Alamein se desvanece ante la inapelable vivencia individual. Y es que la guerra, aunque la provoquen los Estados ávidos de poder o empujados a defenderse, la hace gente normal como usted o como yo. Personas que caen, casi siempre accidentalmente, en un lado o en otro; en el de las víctimas o en el de los verdugos.

Laurence Rees, Los verdugos y las víctimas, Crítica, 2008, 286 páginas.

Publicado por Fernando a las 24 de Febrero 2011 a las 10:10 AM

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