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6 de Enero 2009
Nochevieja de uranio, carbón y gas
La del 31 de diciembre es con toda seguridad la noche del año que más energía se consume en España. Mucha gente que normalmente se acuesta pronto esa noche está despierta hasta las tantas, y otros muchos pasan la noche en vela festejando el nuevo año. Como, a excepción de algún anormal que celebra el solsticio de invierno cambio de año con velas e inciensarios, el resto de los mortales ponemos la tele, cenamos tardísimo, encendemos la calefacción porque en diciembre hace frío y nos pasamos buena parte de la madrugada despiertos, el consumo de electricidad se dispara. Y es bueno que así sea, porque demuestra que vivimos en un país moderno y que gozamos de la bendición de un suministro de electricidad abundante, fiable y disponible en todo el país; desde la isla más remota de las Canarias hasta el más impenetrable valle de los Pirineos.
No siempre ha sido así. Hace 60 años, coincidiendo con la posguerra, las Navidades en España eran famosas, como ahora, por el turrón, el mazapán y los belenes, pero también por ser la época donde los sabañones hacían de las suyas. Se pasaba frío de verdad. La gente se calentaba como podía, y no necesariamente a pedos. Encendía braseros, de carbón, naturalmente, y toda la familia se reunía en torno a la mesa camilla a echar una partidita de mus al agradecido calorcito del brasero, que daba una tregua térmica a los castigados pies. Hay una película española excelente, "El viaje a ninguna parte" se llama, que retrata con crudeza aquellos años de necesidad, miseria y, sobre todo, de frío, mucho frío, especialmente en las partes de España que se sitúan por encima de los 500 metros de altitud, que son las más, porque, aunque vayamos por ahí de marítimos y de mediterráneos, España es un país encaramado a una meseta y a seis cordilleras cuyos picos superan los 2.000 metros sobre el nivel del mar. Desconozco el porcentaje de españoles que vivimos por encima de la cota 500, pero sospecho que debe de ser muy alto porque, aparte de las dos Castillas, no hay región en España que no tenga su preceptiva dotación de serranías, collados, altozanos y cerros.
Ahora, en estos insostenibles días, si hace frío ponemos la calefacción y tan felices, tanto que ya ni nos acordamos de lo que es un sabañón. Si una vez calientes queremos entretenernos, damos a un botón y se enciende la radio, o la tele, o el ordenador, o la lámpara, que es la que nos permite vernos los unos a los otros a partir de las cinco y media de la tarde, hora en que anochece en esta época del año. Pero ese botón no es mágico. Toda la electricidad que consumimos tiene que generarse en ese mismo momento. La electricidad no puede almacenarse en grandes cantidades. Por eso podemos poner una batería al teléfono móvil pero no al calentador del agua. El día 31 de diciembre todos los televisores de España, todas las farolas de todas las ciudades, todos los belenes y árboles de Navidad, todos los calentadores eléctricos, todas las bombillas de todas las casas, todas las lámparas de todas las mesillas de noche, todos los ordenadores, todos los routers, todos los fluorescentes de todos los hospitales y oficinas, todos los neones de todas las ciudades, todos los faros de todas las costas... todo, en definitiva, lo que está conectado a la red eléctrica y que se encontraba encendido en aquel momento, consumía la electricidad que se estaba generando en ese mismo instante.
¿Cuánta electricidad estábamos consumiendo mientras nos comíamos las uvas, es decir, a las 12 en punto de la noche del día 31? Exactamente 26.613 Megavatios, que se estaban generando a la vez que se transformaban en luz o en calor. En España hay unos 45 millones de habitantes así que en el momento álgido de la Nochevieja consumimos unos 591 vatios por persona, el equivalente a lo que consume una Minipimer en una hora. A eso hay que quitarle el consumo industrial, el alumbrado público... etc. Muy derrochadores no somos, la verdad.
De los 26.613 MW que estábamos pidiendo a la red el 65,4% provenía de bombardear átomos de uranio y de quemar carbón y gas. Es decir, de esas fuentes de energía tan malas y perniciosas que los ecologistas y el Gobierno quieren suprimir de aquí a 2050. La eólica, su niña bonita, aportó el 10%, 2.712 MW y la hidráulica el 9,8%, 2.645 MW. En aquel momento, además, hubo que importar energía, probablemente de Francia, 588 MW que, casi con toda seguridad, eran de origen nuclear.
Si no tuviésemos perversas centrales nucleares, térmicas y de ciclo combinado la pasada Nochevieja se hubiese usted tomado las uvas a la luz de un candil, pero no de los de petróleo, que esos son malos, sino de esos de camping que llevan incorporada una célula solar y que dan menos luz que la de un mechero (también malo malísimo, quema gas). Si sumamos las renovables, pero las de régimen especial no la hidráulica, que es otro de los cocos del retroprogre hispano, nos hubiéramos tenido que conformar con un flujo de 6.088 MW a las 12 de la noche, un 12,5% de lo que demandábamos en ese momento o, lo que es lo mismo, 135 vatios por persona, es decir, lo que consumen 3 bombillas normales. Si le quitamos lo que gastan las farolas de la calle y el chalé de Juan Luis Cebrián (que 1.000 metros cuadrados no se calientan con un radiador de aceite) creo que suerte tendríamos si tocásemos a 10 vatios por barba, que es lo que consume una bombillita de esas de bajo consumo que va a "regalarnos" el Gobierno y que alumbran más que un mechero pero menos que una linterna.
Esto es lo que nos espera si estos sacamantecas se salen con la suya y nos devuelven a los años 40 por la vía rápida. Ese sí que va a ser un viaje a ninguna parte. Olvídese del frigorífico, y del microondas, y de la tele, y del DVD, y del ordenador, y de Internet, y de encender la estufita cuando salga del baño, y de decorar el árbol de Navidad, y de coger el ascensor, cualquier ascensor, y de salir por ahí a cenar o a tomar un chocolate caliente, y de tomar el Metro o el Cercanías, y de poner a cargar el móvil, y de pasar el aspirador, y de hacerse una tostada con mantequilla y mermelada; por olvidarse, puede ir olvidándose de la mantequilla y de la mermelada, que fuera del frigorífico se estropean.
Agárrese a su bombillita de 10 vátios y rece para que sople el viento o salga el sol. No vaya a ser que pase lo de ayer, víspera de Reyes, cuando a las cinco de la tarde los molinos sólo aportaban el 5,7% de toda la demanda mientras las malditas nucleares suministraban el 21,9% ellas solitas, las incineradoras de carbón el 22,7% y el insostenible gas nada menos que el 24,7%, un cuarto del total. Ayer, con las centrales nucleares y térmicas apagadas tal y como desean los trastornados que pretenden devolvernos a la edad de piedra, hubiera tenido que compartir su bombilla con el vecino porque no hubiese habido electricidad para encender las dos.
Ese es el plan de estos enemigos del progreso y del bienestar y este es el panorama que nos espera. No deja de sorprenderme que se intitulen como progresistas y que nos vendan algo parecido al paraiso en la Tierra. De progresistas tienen poco. El ecologismo de esta gente es quizá el modo de pensar más reaccionario de la historia, lejos incluso del luddismo de hace dos siglos. Y lo peor es que tienen dinero, influencia e impunidad, en definitiva, la sartén por el mango. Apañados vamos.
Publicado por Fernando a las 6 de Enero 2009 a las 10:10 AM
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Comentarios
¿Comerse las uvas a oscuras, D. Fernando? No sé como, si no tendríamos la tele o la radio para darnos las campanadas. A no ser que hubiese un voluntario que renunciase a las uvas e hiciese de reloj de Casa de Correos con una sartén y una cuchara de madera.
Publicado por: Hilarion a las 6 de Enero 2009 a las 11:33 AM
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